LOS DUENDES, LAS BRUJAS, LA SALAMANCA Y LA "MULA ÁNIMA"

23/07/2012

Autor: Fernando Justo
Apunte antiguo de Dardo de la Vega Díaz. Folklore

Publicado originalmente en los Anales de la Asociación Folklórica Argentina, bajo el título de Supersticiones Riojanas, año 1945, página 92 y 93.

LOS DUENDES

En la región de los Llanos de La Rioja, el evocación del Duende sirve aún a las madres para intimidar a sus hijos, cuando el placer de la caza de pajaritos o de “cachos” o la dulzura de los “huanqueros” incita a los niños a dejar el hogar e internarse en el monte o las huertas, durante las siesta abrasadoras de verano.
El Duende es, para los niños, un hombrecito bajo, regordete y barrigón, calza grandes usutas, y le cubre un sombrero de alas enormes. Jovial y cara de inocente, tiene una mano de lana, muy suave, con que engaña y acaricia a los niños; y la otra de fierro, muy fría, y muy dura, con que los atrapa, quebrajea sus huesos y los arrastra a su guarida.
En el Oeste de la provincia, el Duende es ya cortés y hasta enamorado. Frecuenta constantemente la casa de la joven de sus preferencias, y si la familia de su predilecta cambia de casa por librarse de sus apariciones, él, sin dejarse ver, ayuda afanoso al traslado.
La Duende es diferente. Ella es repulsiva. Andrajosa y sucia, lleva también su gran sombrero; pero su cuerpo es deforme. A su baja estatura, amplias caderas y abultado vientre, agrega sus pechos flácidos, tan largos que descansan sobre su vientre.
La Duende, sale como el Duende, por la siesta, cuando mas aprieta el sol y cuando las “chicharras” mas aturden con sus estridencias. La Duende no busca a los niños pequeños, prefiere los grandecitos porque la animas apetitos lúbricos. Es sensual y corrompida.

 LAS BRUJAS
Para el pueblo riojano, la  bruja no es una ficción. Nada tiene de creación imaginativa. Es una realidad bien sensible para su cándida ingenuidad.
La bruja vive casi sola, en rancho destartalado, y a orillas de las poblaciones. Durante el día vive la vida común de las gentes, aunque a veces sea huraña y esquive el trato exteriorizando en su semblante un característico y acentuado mal humor.
Con los muchachos jóvenes, la bruja, es ya otra persona. Su semblante se convierte en plácido, bonancible y hasta dulce e ingenuo. Con las jóvenes, la bruja es melindrosa, porque en las jóvenes ve siempre una futura adepta de sus brujerías y porque también oficia a veces de alcahueta.
Por la noche, la casa de la bruja cobra animación. Las lechuzas y murciélagos se adueñan de sus escondrijos y puéblanlos de chillidos y de ruidos de alas. Los grillos aturden con su flauta unísona y los sapos, saltando, afluyen en tropel. Compañera inseparable de la bruja en esta fauna repugnante: pues le sirve para sus brujerías.
La bruja es desaliñada en el vestir. Cubren su cuerpo, vestiduras desteñidas, desgarradas y hasta sucias. Nada de colores vivos: el negro o gris verdoso, hasta en la vincha que ciñe la frente y abullona el matorral turbio por el ajado de una manos secas, anicotinadas y sucias.
Los enseres de la casa son escasos, y viejos, y rotos los mas de ellos, porque la bruja vive menos en la casa que en sus volanderías.
Las brujas son mujeres endiabladas. Pueden convertirse en pájaros y volar a su albedrío. Para vagabundear salen de sus casas por la noche. Dejan su cuerpo en la horqueta de algún árbol, y su cabeza convertida en pájaro emprende vuelo.
Las brujas vuelan solas o acompañadas. Por el aire, van a menudo, charlando y riendo. Si van acompañadas, es que se dirigen a las salamancas; si solas, a trabar algún embrujo.

LA SALAMANCA
Para la imaginación  popular. Las lomadas y cerros albergan en sus senos a las endemoniadas: las brujas, es la salamanca.
Morada del demonio y teatro de sus orgía bacanales con mujeres disolutas y salamancas. Pero estas lomadas o cerros no han de ser del tipo común, algún rasgo característico  los diferencia especialmente. Si no es la visible regularidad de sus formas, simulando a la distancia un castillo, por ejemplo, ha de ser la ausencia de la común vegetación serrana que aparece como eliminada a propósito por duendes o demonios; o, simplemente, la presencia de alguna cueva profunda o gruta natural y caprichosa, es bastante para dar asidero a la presunción de una salamanca; y mas aún si por la configuración general de las serranía, la disposición de los valles y aún la distribución  de los bosques, hacen que al caer a la lomada, traigan ráfagas de viento algún murmullo o algunas sonoridades esplendentes.
Tales sonoridades, al herir la susceptible fantasía del montañés, suénale a músicas malditas, inexplicables en la soledad de las sierras, si no tuviera en su mundo interior la maravilla de la Salamanca.
Es, la Salamanca, el paraíso del Demonio. Mejor aún, es su corte y su serrallo. En ella impera solo y único. Y su pueblo de brujas, prestas siempre a satisfacer sus goces, incítanle perennemente, con sus músicas sensuales y sus danza lúbricas.
Las brujas de la Salamanca son incrédulas y disolutas; los goces terrenos no les satisfacen. Y embaídas por los placeres demoníacos, tratan con el Demonio y acuden a sus citas.
El Demonio las suma a sus neófitas, y, para asegurarse de ellas, les exige renegar de Dios; y antes de penetrar al antro maldito, pasan las brujas por una galería donde mil y una sorpresas les asaltan. Dragones, aparecidos, luces, fantasmas  todo se les presenta para aterrorizarlas. Y si tras esto no tuvieran ni un momento de vacilación, ni pronunciaran siquiera un solo nombre bendito, que indique arrepentimiento, siguen a otro tramo del pasadizo donde la neófita encuentra desparramadas por el suelo las imágenes  cristianas de los santos y vírgenes a quienes debe pisar y escupir antes de avanzar.
Salvada esta última prueba, la neófita entra en gracia del Demonio y a gozar desde ese instante de todos los demoníacos placeres.

LA MULA ÁNIMA
Una de las preocupaciones más serias del campesino riojano es la encontrarse con la “mula ánima”
La “mula ánima” es alma en pena que busca por los caminos su salvación. Es el alma de una mujer que tuvo amores sacrílegos y que fue condenada a vagar espantando a los caminantes.
Sale la “mula ánima” en las noches mas obscuras. Por los caminos mas largos trota desesperada; y, rebuznando, llega hasta muy cerca de los caseríos haciendo resonar los herrajes de su aparejo.
Viene enfrenada y, al trotar, se pisa las riendas y el freno le desgarra la boca. La sangre chorrea y, en la obscuridad de la noche, los chorros de sangre son llamas que brotan de la boca y narices.
Sobre su aparejo, negros crespones ocultan el cadáver de una mujer. Es el cuerpo de la condenada que así expía su pecado.
La “mula ánima” recorre los caminos arrastrando las riendas y rebuznando lúgubre. Busca en sus andanzas un valiente que la enfrente y le saque el freno.
Esto sería su salvación.